Imaginaros. Llegar a la playa y ponerse las aletas y las gafas. Acercarse a la orilla, y, caminando de espaldas -es la mejor forma cuando se tienen aletas puestas- tirarse al agua. Nadar un poco, y luego, sumergirse. Ir hacia el fondo, contemplar el entorno, ver peces, algas y corales... pasmarse. Y sin prisas, porque podemos respirar.

No. No me he olvidado de citar la botella de aire comprimido, nitrox o lo que sea. Ni del tubito snorkel que siempre está molestando por la cara. En esta ocasión no necesitamos nada, ya que estamos buceando con branquias: estamos obteniendo el oxígeno del mar, como los peces.

Ya no hay problemas de gases, de narcosis, ni se entra en descompresión a los pocos minutos, sea cual sea la profundidad. Podemos bucear hasta hartarnos y, después, subir a la superficie.

Antes lo había soñado Cousteau, y lo dejó descrito en su archiconocida obra “Mundo Submarino”. Luego lo trató James Cameron en "The Abyss", y estos días lo retoma el New Scientist. Y yo lo vuelvo a recordar.

Como pez en el agua. Imaginaros.