La increíble epopeya de unos fuera de serie

El 18 de septiembre de 1865, el vapor brasileño Icamiaba arribó a Tabatinga, un pueblo brasileño situado cerca de la frontera con Perú. Su destino final era Manaos, a siete días de viaje, río Amazonas abajo. A bordo viajaba una expedición de científicos de la Universidad de Harvard, liderados, ni más ni menos, que por el prestigioso ictiólogo -y controvertido creacionista- Louis Agassiz. Las semanas anteriores habían sido infernales en aquel remoto lugar del centro de Sudamérica. Lluvias torrenciales, calor sofocante y una invasión de mosquitos, tábanos y otros molestos insectos. Los norteamericanos, recién llegados, lucían un impecable aspecto, equipados con todo lujo. Se veía que estaban muy bien financiados.
En el muelle fluvial, cuatro hombres con aspecto de pordioseros, sucios y de largas barbas, se esforzaban a duras penas para subir un motón de cajas a bordo de un vapor peruano, pues el capitán del Icamiaba había rechazado su extravagante carga. Aquellos desaliñados tenían cara de precaria salud. La amarillenta tez de uno de ellos delataba que sus días entre los vivos estaban más que contados.
Pues bien, esos hombres y sus destartaladas cajas era todo lo que quedaba la “Comisión Científica del Pacífico”, de la que muchos seguro que ya habreis oído hablar. Habían salido de España unos años antes, en 1862, en calidad de Comisionados del Gobierno español, y ahora, allí estaban. Abandonados a su suerte por el Gobierno que les comisionó, sin dinero ni comunicación alguna.
El propio Louis Agassiz, en su libro “A journey to Brazil” escribió:
“Encontramos aquí a cuatro miembros de una comisión científica española, que han estado viajando varios años por América Central y del Sur, y cuyo camino hemos cruzado varias veces sin encontrarles. Recibieron con placer la llegada del vapor, pues esperaban desde hace dos o tres semanas su liberación de Tabatinga. La partida constaba de los Drs. Almagro, Spada [sic], Martínez, e Isern*. Acaban de terminar un aventurado viaje, en el que habían descendido por el Napo en una balsa, que su gran colección de animales vivos había convertido en una especie de arca de Noé. Tras varios riesgos y peripecias habían llegado a Tabatinga, después de haber perdido casi toda su ropa, excepto la puesta, en un naufragio. Por fortuna, sus notas y colecciones se salvaron.”
Años más tarde, uno de los componentes, Almagro, escribiría que los naturalistas españoles se sintieron profundamente humillados y deprimidos tras el encuentro con la expedición norteamericana.
No nos cuenten medias verdades
El libro que narra la epopeya de la Comisión Científica del Pacífico cayó en mis manos por casualidad, y de forma realmente curiosa: una tarde lluviosa, una visita al desván de un familiar, una estantería con libros polvorientos, una cubierta que capta mi atención... lo "típico", vamos. Se titula “Por la ciencia y la gloria nacional: La expedición científica a América (1862-1866), y la escribió Robert Ryal Miller, norteamericano, profesor de Historia de Latinoamérica en la Universidad Estatal de California.
Lo que nos cuenta Robert Ryal, a base de un gran trabajo documental, pone los pelos de punta: el grupo de naturalistas españoles las pasó muy negras. Primero, a bordo, debido al nefasto comportamiento de los prepotentes, corruptos y, a menudo degenerados, marinos de guerra españoles. Luego, en su larguísimo periplo por tierras americanas, a consecuencia del completo olvido del que fueron objeto por el Gobierno y por la disoluta reina Isabel II. Lo fascinante de la odisea fue que, a pesar de tanta calamidad y penuria, nunca se rindieron: siempre adelante, siempre recogiendo muestras, siempre tomando notas. Chapeau.
Cuando acabé de leer el libro, me lanzé de cabeza al Google. Quería saber más. Encontré la web del CSIC, de diseño impecable y dedicada específicamente a la expedición científica del Pacífico. Pero, al poco rato, tuve la sensación de haberme equivocado de expedición, ya que en la versión del CSIC todo son flores, alabanzas a la marina y loas al Gobierno.
Así que, una de dos, o miente Robert Ryal Miller, o bien el CSIC nos cuenta sólo medias verdades, seleccionadas, y con énfasis en determinados pasajes -el inicio del viaje, por ejemplo- que inducen a error en la apreciación global de lo que llaman "empresa".
No sé quién manipula la realidad de la expedición. Yo, como ciudadano español, quiero pensar que es Ryal el que se equivoca, ya que la otra opción sería muy preocupante.
Además, ahora me ha picado la curiosidad, y seguiré indagando.
P.D.- Los expedicionarios
Los cuatro hombres que culminaron la expedición eran:
Marcos Jiménez de la Espada, zoólogo, experto en herpetología (reptiles); Juan Isern, botánico. Falleció a las pocas semanas de regresar a España; Francisco de Paula Martínez y Sáez, zoólogo, experto en peces; Manuel Almagro, médico y antropólogo.
Fernando Amor, geólogo y entomólogo, falleció durante la expedición.
No la terminaron por distintos motivos, Patricio Paz y Membiela, marino y experto en moluscos; Rafael Castro y Ordóñez, fotógrafo y dibujante; y Bartolomé Puig, taxidermista.

