Quinientos días después...

...nos hacemos al mar de nuevo.
Ahora desde la sección de blogs de la Voz de Galicia en esta dirección:
http://blogs.lavozdegalicia.es/vamosalargar
22 Mayo 2008

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14 Septiembre 2006
Si no funciona ir aquí
16 Febrero 2006

En junio del año pasado os decía que los peces del villancico no beben. Y ahora resulta que si les das vino tinto aumentan la longevidad hasta un 60% y, digo yo, seguro que están un poco más alegres.
El experimento lo ha llevado a cabo el Sr. Cellerino, del Instituto de Neurociencia en Pisa. Alimentó con resveratrol -un componente del vino tinto- tres grupos de peces de la especie Nothobranchius furzeri, perteneciente al grupo de los killis, que viven una media de nueve semanas. El resultado mostró que los peces que recibieron las mayores dosis no sólo vivieron un 60% más, sino que se mantuvieron fértiles y con la agilidad mental y física de un pez joven. Y antes de que penseis que es una broma, tengo que decir que la experiencia salió publicada en Current Biology, vol16, p 296.
Al parecer, el resveratrol protege las células del cerebro de los peces de la degeneración propia de la edad, actuando mediante la prevención de daños en el DNA mitocondrial y también por otras vías.
Si funciona en peces, vertebrados, también podría ser eficaz en humanos ¿no? Algunas compañías farmaceuticas ya se están trabajando en la elaboración de suplementos de resveratrol. Y quién esté pensando en descorchar el vino tinto reserva que tenía para alguna ocasión, en lugar de tragar los insípidos suplementos artificiales, tiene que recordar que si trasladamos la dosis de resveratrol que se dio a los peces a un humano que prefiera tomarla directamente del vino tinto, ha de beberse 72 botellas al día , con el inconveniente añadido de que el 95% del resveratrol será destruido antes de pasar a la sangre.
No creo que compense...
Fuente: NS.
26 Enero 2006

Lo leo en la BBC: Todo comienza cuando una pareja australiana que estaba en una playa tranquila -sus razones tendrían- encontró una masa grasienta y rara, de casi 15 kilos. El caso es que deciden llevarse semejante petate para casa, y, luego de hacer las oportunas averiguaciones -por internet-, resultó ser ámbar gris.
Dicen que el ámbar gris está muy cotizado por la industria de la cosmética, al parecer, por su perfume dulce y cautivante. Es una sustancia que se halla en las tripas de los cachalotes y que éstos vomitan. A veces pasa años en el mar antes de alcanzar la costa, y otras veces allí queda. Inicialmente es un material maloliente que flota en el océano. Pero años de exposición al sol y al agua salada del océano lo transforman en una roca compacta y lisa que posee una textura similar a la cera, y un olor agradable. Se utiliza en la fabricación de perfumes y su precio puede llegar a los 20 dólares, o euros, que para el caso es lo mismo, ¡por gramo!.
P.D.- Fue la señora Wright la que persuadió a su marido de llevarse el material a casa. Probablemente, lo que menos imaginaba el señor Wright -en una playa tranquila-, era que sus planes se iban ver chafados por el vómito de una ballena. ;)
23 Enero 2006

Imaginaros. Llegar a la playa y ponerse las aletas y las gafas. Acercarse a la orilla, y, caminando de espaldas -es la mejor forma cuando se tienen aletas puestas- tirarse al agua. Nadar un poco, y luego, sumergirse. Ir hacia el fondo, contemplar el entorno, ver peces, algas y corales... pasmarse. Y sin prisas, porque podemos respirar.
No. No me he olvidado de citar la botella de aire comprimido, nitrox o lo que sea. Ni del tubito snorkel que siempre está molestando por la cara. En esta ocasión no necesitamos nada, ya que estamos buceando con branquias: estamos obteniendo el oxígeno del mar, como los peces.
Ya no hay problemas de gases, de narcosis, ni se entra en descompresión a los pocos minutos, sea cual sea la profundidad. Podemos bucear hasta hartarnos y, después, subir a la superficie.
Antes lo había soñado Cousteau, y lo dejó descrito en su archiconocida obra “Mundo Submarino”. Luego lo trató James Cameron en "The Abyss", y estos días lo retoma el New Scientist. Y yo lo vuelvo a recordar.
Como pez en el agua. Imaginaros.
29 Noviembre 2005

Siempre imaginé que en las cuevas de cualquier gigantesco iceberg habría un silencio sepulcral. Aunque, pensándolo bien, todos sabemos que los icebergs están siempre haciendo algo, ya sea licuándose y resquebrajándose, o bien aumentando de tamaño por congelación. Así que, parece lógico suponer que debería escucharse algo. Lo que no sospechaba era que lo realmente sepulcral iba ser, precisamente, ese ruido... vamos, de terror total.
Estos sonidos los han grabado unos investigadores alemanes que dedican su tiempo a monitorizar terremotos en la Antártida (mira que hay profesiones-aficiones raras), y lo vais poder escuchar al final del texto. Así que seré breve.
El ruido varía tanto que casi podríamos llamarlo música, con fases realmente melódicas. Eso sí, todo muy tétrico. En realidad tiene un pequeño truquillo: para poder percibirlo es necesario acelerar la grabación, y no sé si le hacen algún otro procesado, ya que al parecer se trata de sonidos de muy baja frecuencia inaudibles en tiempo real.
Los científicos creen que los temblores que dan lugar a los sonidos son causados por el agua que fluye por grietas internas del iceberg. El flujo se origina cuando éste se golpea contra el fondo marino, y la deceleración produce el desplazamiento interior del agua, haciendo vibrar las paredes de los túneles.
Escuchar 9 segundos pulsando aquí. Impresiona.
Fuente: Como no podía ser de otra forma, Newscientist, y allí el archivo de audio dura más.
17 Noviembre 2005

“La selección natural no trabaja como un ingeniero, sino como un chapucero, un chapucero que todavía no sabe qué va a producir, pero recupera todo lo que le cae sobre sus manos, los objetos más heterogéneos,… un chapucero que aprovecha todo lo que encuentra a su alrededor para obtener algún objeto que sea útil" François Jacob*
Si le pedimos a un niño que pinte un paisaje submarino, y logramos convencerle para que lo haga, es muy probable que entre los garabatos se halle algún pulpo, uno de los iconos marinos más recurridos. Con el tiempo, también conocerá los calamares y las sepias, aunque no muchas más de las setecientas y pico especies de cefalópodos que existen, salvo que se aficione a la biología marina. Todas ellas se parecen mucho entre si, al fin y al cabo pertenecen a la misma clase zoológica. Sin embargo, no es necesario ser un experto para percatarse que estamos ante especies distintas.
Dice una teoría bastante bien aceptada que hubo un día hace 65 millones de años que fue crucial en el desarrollo posterior de la vida en la Tierra. Un meteorito surcó la atmósfera impactando violentamente en la península de Yucatán, Méjico actual, dando lugar al cráter de Chicxulub. Curiosamente, el más famoso cataclismo de la historia pasaría a la posteridad como “el que extinguió los dinosaurios”, en lugar de “el que dio la gran oportunidad a los mamíferos”.
Los cefalópodos se llevaron un tremendo golpe. Tan solo sobrevivieron algunas especies de concha interna (los Coleoideos) y unos pocos Nautiloideos. Los gigantescos Ammonoideos desaparecieron, aunque ya estaban en declive. La clase Cephalopoda se había diferenciado definitivamente de los demás moluscos quinientos millones de años antes, al abandonar una vida ligada al fondo marino gracias a la afortunada estrategia de llenar con gas parte de sus conchas externas, lo que fue esencial para su éxito posterior.
Pero en el Mesozoico flotar ya no era garantía de éxito. Los peces y reptiles marinos que merodeaban las aguas poco profundas iban ganando terreno en la lucha por los recursos. Una hipótesis argumenta que la mejor estrategia -evolutivamente hablando- era retirarse de la costa para vivir a más profundidad, alejándose de los competidores.
Los cefalópodos Ectococleados -así se llamaban los que poseían concha externa- tenían un serio inconveniente al hundirse: la presión hidrostática limitaba la cota a la que se podía llegar sin que la concha implosionara, con lo que el nuevo espacio vital se reducía a unas pocas decenas de metros. De sus descendientes, aquellos que poseían conchas de menor tamaño resistían mejor, y poco a poco la evolución dio lugar a radiaciones adaptativas, es decir, a soluciones divergentes que posibilitaron la aparición de nuevas especies.
Este cambio de hábitat forzoso hizo que con el tiempo surgieran patrones corporales mejor adaptados. Gracias a las modificaciones adquiridas, las presiones selectivas que los habían hundido ya no eran tales. Para muchas era el momento de emprender el camino de “regreso” a la superficie, en términos evolutivos, claro está.
El resultado fue que, hoy en día, la mayoría de las especies de cefalópodos cohabitan con el resto de la fauna marina sobre todo en las aguas costeras. Algunas en tal abundancia que se han convertido en fuente de alimento de muchos animales, incluido el hombre. Otras siguen siendo habitantes de las grandes profundidades. Los nautilus, únicos cefalópodos actuales con concha externa, todavía viven en zonas relativamente profundas, aunque no demasiado debido al problema de la presión, realizando escarceos nocturnos a la superficie.
Este escenario, conocido por el nombre de su autor, Packard (1972), tiene una versión diferente, la de Aronson (1991), en la que afirma que Ectococleados y Coleoideos no se sucedieron en el tiempo sino que coexistieron, tanto en aguas someras como profundas. La razón de que en aguas superficiales no sobrevivan los cefalópodos de conchas externas es que fueron eliminados progresivamente.
La selección natural favoreció que la concha se fuera internalizando y que su tamaño fuese cada vez menor. Pero entonces había que buscar una alternativa al problema del hundimiento. La solución no fue una, sino varias, lo que abrió líneas independientes en la evolución posterior de los cefalópodos.
Pulpos y sepiólidos evolucionaron en el sentido de no hacer nada por flotar. Se fueron a vivir al fondo, y el éxito que alcanzaron en su vida bentónica fue incuestionable. Aunque aprendieron a desplazarse ágilmente entre roquedos no renunciaron a nadar, ya sea por propulsión a chorro o por contracciones pulsátiles, que recuerdan a las medusas.
Los teutoideos -calamares- nadan permanentemente para no hundirse, lo que se ha dado en llamar “flotación dinámica”, como la mayoría de los tiburones y algunos peces óseos. El progresivo fortalecimiento de su musculoso manto les permitió desplazarse gracias a una propulsión de reacción muy afinada, al poder regular intensidad y orientación del chorro, disponiendo además de aletas laterales que les proporcionan estabilidad y un excelente diseño hidrodinámico.
La mayoría de las especies de cefalópodos que viven lejos de la superficie, mesopelágicos y abisales, desarrollaron un sistema de flotación químico. Poseen cloruro amónico en los espacios corporales, cuyo volumen pueden regular, y que les provee de flotación natural al ser fluidos menos densos que el agua de mar. Como otros animales marinos, realizan ascensos a zonas poco profundas durante la noche aprovechando masas de agua que se mueven horizontalmente en direcciones distintas según la profundidad. Se desplazan regulando su flotabilidad de la misma forma que hacen los globos aerostáticos, y con un gasto de energético mínimo, lo que en esos ambientes, donde la comida nunca sobra, es una estrategia muy acertada. Los archifamosos Architeuthis o calamares gigantes usan este sistema, mientras otras especies han sustituido los compuestos amoniacales por aceites, si bien el principio físico es el mismo.
Tanto los nautilus como las sepias basan su flotabilidad en el uso de gas, al igual que sus ancestros. El sistema es sencillo: el sifúnculo, canal que une todas las cámaras de la concha, modifica la concentración iónica del agua que hay en ellas. Luego, por ósmosis , el agua se desplaza en el sentido de intentar equilibrar las concentraciones. Si se retira de las cámaras, el resto del volumen es ocupado por gas, disminuyendo la densidad del cuerpo, y viceversa, controlando la flotación.
Las hembras de los pulpos argonautas, como Ocythoe tuberculata, han solucionado el problema de la flotación de forma peculiar: han desarrollado una especie de vejiga natatoria llena de gas, cuyo volumen es regulado tragando aire de la superficie.
Es evidente que las razones de la biodiversidad actual en los cefalópodos están íntimamente ligadas al desarrollo de los mecanismos de flotación y locomoción. También hemos podido ver que la evolución de esta clase no ha sido lineal, sino múltiple. Curiosamente, aún hoy en día no es difícil encontrar textos en los que, partiendo de los nautilus, pasando por las sepias, calamar y pulpo, se traza una errónea tendencia lineal que culminaría con la desaparición de la concha.
Se puede concluir que los tres grandes grupos -representados por sepias, pulpos y calamares- han tenido un éxito similar a pesar de haber evolucionado por caminos muy distintos. No podemos decir lo mismo de los nautilus, teniendo en cuenta que apenas sobreviven un puñado de especies de este grupo, que durante millones de años dominó los océanos.
En cualquier caso, observando detenidamente un cefalópodo actual, resulta asombroso comprobar su gran parecido con los vertebrados, sobre todo si tenemos en cuenta que han evolucionado de forma independiente. Tanto es así que se podría decir que son moluscos que quisieron ser peces.
Este artículo lo redacté en junio de 2004 como texto de apoyo a la exposición "Con pies y cabeza" del Aquarium Finisterrae, Museos Científicos Coruñeses, La Coruña, España. En este enlace podeis encontrar todos: Historia Natural de los Cefalópodos.
* La cita del encabezado es la segunda vez que la uso. Me parece muy didáctica para poner al lector a tono antes de entrar en materia.
31 Octubre 2005

Tras varios años de intentos frustrados, hemos sabido que, por fin, han fotografiado un calamar gigante vivo del género Architeuthis. Esta enésima tentativa la llevaron a cabo los investigadores Tsunemi Kubodera y Kyoichi Mori. Por si no lo habeis deducido de sus nombres... son japoneses. No podía ser de otro modo, con lo que le gusta a esta gente fotografiarlo todo.
A mi modo de ver, la importancia real de la experiencia reside más en demostrar que la técnica es viable que en las propias fotos en sí. Ahora sabemos que es posible realizar futuros registros de calidad, de foto y vídeo, que sirvan para aportar "más luz" sobre la oscura vida en las profundidades marinas. Es decir, merece la pena seguir con este voyeurismo cefalopodero.
La cámara utilizada forma parte de un sistema del NIPR (National Institute of Polar Research), e incorpora temporizador, estroboscopio, sensor de profundidad, y encendido automático a partir de cierta presión (21 Atm). Sin embargo, de la iluminación lo único que sabemos es que tenía "una pequeña luz". Las fotografías se capturaban en formato jpg de unos 150 Kb., que aunque a algunos nos parezca un tamaño de archivo tirando a escasillo, me ha dicho un experto anónimo que no es óbice para lograr una calidad más que aceptable.
Pulsando aquí podeis descargar el artículo completo publicado en Proceedings of The Royal Society. También os recomiendo visitar un website de la NASA con un montón de buenos enlaces sobre calamares.
Algunos de los expertos en calamares muertos consultados por los medios de comunicación mostraron su desconfianza acerca la veracidad del trabajo de los japoneses. Me pareció interesante conocer sus argumentos, esperando hallar algo que realmente sirviera para poner en duda los resultados del estudio, pero, de momento, no me han convencido en absoluto. Les daremos un repaso:
Para algunos críticos resulta muy extraño que, “aunque las fotos se tomaron en septiembre de 2004, se esperase un año para presentarlas junto al estudio científico. En una carrera como ésta, lo primero es presentar las fotos para que otro no se adelante”.
Permitirme discrepar. Esto no es un programa rosa ni un "¿Qué apostamos?". Es ciencia. Y como tal ha de salir publicada en los foros adecuados, lo cual lleva su tiempo, precisamente para ganar en fiabilidad. Yo hubiera hecho lo mismo, salvo que lo que se persiga no sea hacer ciencia, sino un afán desmedido de protagonismo personal.
Dicen que “las imágenes no parecen estar tomadas a 900 metros de profundidad, donde la oscuridad es total, ya que tienen unos tonos azules que son imposibles a esa profundidad”.
En este punto mi desacuerdo es completo. Si quisieran falsear las imágenes, bastaría un poco de Photoshop y el fondo ya tendría el color que se deseara, desde el negro abisal al navy blue más ortodoxo. Pero es que, además, han utilizado una pequeña luz. No sé de que tipo es, probablemente se trate de iluminación LED o luces de descarga de alta intensidad (HID), de uso común en filmación subacuática (son las que uso). Proporcionan un rango de color muy similar a la luz natural e incluso hay algunas versiones más económicas pero que añaden un tono ligeramente azulado.
Al existir un foco emisor de luz, el coeficiente de extinción de ésta guarda relación con la distancia al foco y no con la profundidad. Como las leyes físicas son las mismas, las radiaciones que están por debajo de los 450 nanómetros (rango azul) son las menos afectadas por los fenómenos de absorción y dispersión en las moléculas de agua o en las partículas de dimensión inferior a las longitudes de onda del espectro visible. Además, es probable que el balance de blancos de la cámara se mantuviese en automático, lo que siempre altera el color real al tomar la foto.
Fijaros: mientras en las fotos hechas en zonas profundas se ve un nebuloso entorno negruzco fuera del alcance de la lámpara, en la imagen del tentáculo cerca de la superficie el tono azul ocupa todo, señalando la influencia de la luz solar (posiblemente hecha con otra cámara, cierto, lo que no afecta a la observación). En fin: todo es como se supone que debiera ser.
No creo que las fotografías tengan el color manipulado, y lo raro sería que esas imágenes no tuviesen el halo azul fundiendo al negro que se observa.
Se argumenta que "la disposición de los brazos y tentáculos del animal parece indicar que es un ejemplar muerto o moribundo".
De las fotos difundidas, sólo la primera se puede atribuir a un comportamiento de ataque y, en este sentido, de nuevo todo parece normal. Soy aficionado a la pesca del calamar y trabajo en un acuario público. Ambos aspectos me han permitido comprobar y ver "in vivo" que, cuando los calamares cazan, en ocasiones lanzan los tentáculos contra la potera y luego las encogen, sujetando la presa con los brazos, mientras que otras veces atacan con todo el cuerpo, de modo similar al ataque de las sepias. Creo que la foto (a) puede corresponder perfectamente con el momento en que acerca la presa a la boca.
A partir de ahí, como podeis suponer, en el momento en que siente el dolor por la herida infringida en el tentáculo, adopta una estrategia defensiva que hace que el estudio de las fotografías posteriores ya no aporte mucha información sobre su veracidad o no. Se dispara el estrés derivado del síndrome general de adaptación, que a todos los seres vivos nos afecta más o menos por igual: alarma, resistencia, huida, agotamiento..., en este caso, resuelto con la ruptura del tentáculo y posterior huída, lo que por otra parte -y desafortunadamente para los pescadores- es muy común en la pesca del calamar.
Opino que, mientras nadie presente algo más sólido en contra, los japoneses han ganado el concurso “vamos a ver quién fotografía primero un calamar gigante vivo”. Pero no se vayan todavía: falta filmarlo (con calidad, eh!, no como los ovnis). Y ya tenemos otro concurso...
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